¿Cuánto de mí soy yo?
Y cuánto es solo el eco de todo lo que me dijeron que tenía que ser.
Desde pequeña aprendí a leer las señales.
No me refiero a los semáforos, ni a los carteles. Me refiero a las miradas de aprobación, a las frases como eso no es de niñas, o tú siempre tan buena, tan tranquila.
Aprendí rápido lo que estaba bien y lo que no. Qué se aplaudía. Qué era de señorita. Qué daba vergüenza. Qué cosas se premiaban y cuáles se corregían.
Así que fui adaptándome. Callando cuando no tocaba hablar, gustando cuando no sabía si quería gustar. Me convertí en alguien moldeable, y durante años, lo acepté.
Pero ahora, a los veintitantos, cuando ya no hay notas ni padres vigilando, cuando nadie me dice cómo tengo que vestirme ni a qué hora tengo que volver, me doy cuenta de que… no sé del todo quién soy.
Tampoco sé qué me gusta ni si las decisiones que tomo son por algo o alguien que me lo ha metido en la cabeza: una revista, una madre, un ex, las redes sociales…
Y entonces llega esta pregunta, que se cuela sin avisar y que da tanto vértigo:
¿Cuánto de mí soy yo, y cuánto es lo que me dijeron que tenía que ser?
★ La muñeca vestida por otros
A veces me siento como una muñeca vestida por otros.
Como si mi personalidad se hubiera construido con trozos de lo que otros esperaban de mí: familia, profesores, amigas, exparejas, influencers y los consejos contradictorios de las revistas y series para adolescentes.
No sé si me gusta el matcha porque lo disfruto o porque es lo que se espera de una chica aesthetic que va a cafeterías a leer o escribir.
No sé si realmente me apetece maquillarme cada mañana… o si lo hago porque tengo interiorizado que con las pestañas largas y las mejillas rojas, soy mi mejor versión.
Y no sé si quiero ciertas cosas (una relación bonita, una vida estable, éxito profesional) porque lo deseo de verdad, o porque son las metas que me han enseñado a perseguir.
Lo inquietante no es no saber lo que quieres.
Lo inquietante es darte cuenta de que a veces no sabes si lo que quieres te pertenece a ti… o a la versión de ti que construiste para encajar.
★ La construcción silenciosa
Muchas veces no nos dijeron cómo teníamos que ser.
Simplemente nos lo enseñaron.
Lo aprendimos cuando una amiga se rio de lo que llevábamos puesto. Cuando un chico dijo que las chicas con carácter eran intensas. Cuando una profesora felicitó tu comportamiento por ser callada y aplicada.
Lo aprendimos también cuando vimos que ser soltera a cierta edad no era lo ideal. Que debíamos tener metas claras. Que no tendríamos cambiar tanto de elección ni dar bandazos.
Y con el tiempo… entendemos que no fuimos libres, sino obediente. Que durante años actuamos como se suponía que debíamos actuar para ser válidas. Que nos esforzamos para encajar, caer bien, no fastidiar a nadie ni salir del estándar.
Y mil cosas más que nos han convertido en la versión más “aceptable” de nosotras, pero a ojos de la sociedad.
★ Desprogramarse (y quedarse vacía)
Desprogramarse no es como darle a un botón y listo. Es un proceso lento, confuso, incómodo en el que tienes que quitarte todas las capas que tenías tan pegadas a la piel que ya no sabías dónde acababas tú y empezaban los demás.
Lo primero que aparece cuando empiezas a deshacerte de todo eso… no es una nueva versión tuya… sino el vacío.
Ya no eres quien fuiste, pero tampoco sabes quién quieres ser.
Y ese momento da miedo, mucho miedo. Pero también es una señal de que algo está empezando a cambiar.
Porque en ese silencio empiezas a escucharte de verdad.
★ La incomodidad de cambiar
Mirarte con honestidad duele. Ver que muchas veces te anulaste, que fingiste, que elegiste lo que esperaban de ti aunque te dejara vacía.
Y es que hay algo profundamente solitario en decidir ser tú misma.
Porque implica decepcionar, salir del guion, romper dinámicas, atreverte a ser distinta, incluso, simplemente… a no tener ni idea de quién eres.
Pero dentro de esa incomodidad también nace algo nuevo, algo poderoso: una libertad que no habías sentido antes. La posibilidad de habitarte entera, incluso cuando no te entiendes del todo.
★ Rediseñarse sin molde
Quizá todavía no sé quién soy, pero por primera vez estoy prestando atención a quién quiero ser y ya no voy en piloto automático.
He dejado de actuar para gustar a los demás y de intentar encajar en un molde en el que ya no cabía. Ahora me escucho más, me cuestiono más y me permito sentirme perdida y cambiar de opinión sin sentirme culpable.
Y creo que todo esto es un buen paso para empezar el rediseño de una misma.
Consejos para conseguirlo:






★ El final no es una respuesta, es una pregunta
No se trata de destruir todo lo que fuiste.
Se trata de mirarlo con perspectiva y preguntarte:
¿Esto todavía me representa? ¿O solo lo escogí porque era lo que tocaba?
Estoy aprendiendo a ser la que elige, la que escucha, la que a veces no sabe (pero al menos ya no se miente).
Y aunque, como he dicho, todavía estoy en proceso, hay algo que tengo claro:
Ya no quiero gustarle a todo el mundo.
Quiero gustarme a mí.




Como siempre, parece que tienes el artículo ideal para algún cuestionamiento que he tenido. Justo he estado tratando este tema en terapia, después de muchos años de ser la niña obediente, la estudiante ejemplar y la amiguita juiciosa, he descubierto el placer de dejar de sentir culpa por existir en libertad, por llegar a incomodar a los demás con mis ideas propias y cuestionar cada acción o pensamiento que me hace querer volver a hundirme en mi asiento, esconderme o hablar más bajo. Es todo un proceso, complejo, muy incómodo, pero muy satisfactorio cuando se van ganando esas pequeñas batallas internas y puedo ver que opino sobre algo con la claridad de que realmente lo siento de esa forma
Me encanta tu forma de pensar